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La hora de los versos azules

por Simio
viernes, 22 de febrero del 2008 a las 23:09
guardado en
1 de AgostoEra tarde, serian las cuatro y media. Dakota se despertó con los gritos de un gato, venían de fuera, quizás un par de casas mas abajo. “Ese jodido gato esta muy encabronado” pensó y no pudo reprimir entonces un pequeño auto reproche. No podía ser de otra manera ya hacia demasiado tiempo que era madre y no podía permitirse ese lenguaje tan soez. Pero el caso era que no podía evitarlo, le costaba mucho reprimir ese tipo de lenguaje. Hacia aproximadamente una media hora que estaba ya despierta, casi sin darse cuenta había pasado ya la fase en la que uno puede volver a dormirse sin mas. El daño estaba echo, sabia positivamente que no podría volver a dormirse con lo que decidió levantarse. Miro al otro lado de la cama Klaus, dormía placidamente, enroscado entre las dos sabanas que habían puesto hacia, pues el frió por la noche era terrible para esa época del año.Se incorporo de la cama intentando no hacer mucho ruido, aunque sabia que su marido tenia esa extraña habilidad muy extendida entre los hombres de poder dormir rendido sin la mas mínima preocupación delante de los diferentes estímulos sonoros. Debía pues hacer mucho ruido para que su marido se despertara, algo así como un estallido atómico o un bombardeo de la Raf. Aun Así albergaba Dakota alguna duda razonable . Poco a poco descendió las escaleras hasta la cocina. Una vez ahí aprovechando la tenue luz que entraba por las ventanas, fue hasta la nevera y se sirvió un vaso de leche, después lo puso en el microondas. Mientras el vaso giraba le pareció escuchar un ruido. Lentamente, intentando no hacer ruido se acerco hasta la habitación del final del pasillo. Cuando no quería hacer ruido nunca levantaba del todo los pies, primero uno después el otro. A ojos de un extraño era una forma mas bien cómica de desplazarse, aunque por otro lado resultaba tremendamente útil Llego hasta la puerta, no estaba cerrada completamente. El espació que resultaba de la distancia entre la puerta y el marco de esta permitían un leve escrutinio de la estancia. Desde el ángulo de Dakota podía verse una larga pared, blanca aunque de ella colgaban un par de fotos. La poca luz y lo tenue de esta no permitían distinguir de forma nítida las fotos. Aunque Dakota rápidamente pudo distinguir la silueta y el perfil.Debajo de los posters la cama, en ella podía intuirse un bulto debajo de un matojo de sabanas y camisetas. Dakota lentamente abrió la puerta, entro en la habitación. La cama destacaba por lo desmesurado de su volumen respecto a la habitación, que era muy estrecha aunque muy larga. Su hija la había elegido desoyendo las indicaciones de su madre que ya que a su juicio esta no resultaba ni cómoda ni estética en una habitación de las características de esa. Detrás de la cama se distinguía el escritorio. Una gran superficie de madera soportada por dos caballetes, estos dos también de madera, pero una madera de una menor calida. Encima del escritorio, Madeleine así es como se llamaba la hija de Dakota. Tenia un par de lapiceros. Uno de ellos estaba repleto de bolígrafos y de lápices el otro estaba vació. El lapicero lleno no era un lapicero en si, se trataba de una lata de cerveza agujereada que hacia las funciones de lapicero. El lapicero vació era un lapicero “autentico”, de verdad. Era negro, con un foro de un material similar a la piel. Era sobrio y elegante y Dakota se lo había regalado a su hija unos meses antes.En el escritorio había piezas de ropa, una falda de color marrón, larga, un jersey de cuello ancho. Uno de esos que dejan un hombro al descubierto. El jersey era de color negro. Estaba muy gastado, tenia un par de agujeros y un enganchón en la manga. Esa misma mañana habían tenido una discusión debió a ese dichoso jersey. Debajo de la ropa se intuían unas hojas. Estaban manuscritas, podia distinguir desde la distancia y a pesar de la poca y tenue luz la letra de su hija. Era enérgica de trazo firme y alargado, dibujaba las letras rápidamente, describiendo las parábolas para después suspenderlas en la nada para reencontrar después armoniosamente el trazo.El ordenador estaba encendido aunque la pantalla estaba apagada, se sorprendió de no haberse percatado antes, ya que recordaba lo mucho que le molestaba el zumbido lento y constante del aparato en marcha. Ahí estaba ella en un espació que en los últimos tiempos de sus vidas le había resultado vedado. Contemplando aquel reducto de libertad que su hija se había creado. La ventana que había delante del escritorio estaba abierta, por ella podía notar el hilo de aire frió y húmedo que traspasaba. Detrás de ella fuera, mas allá de los ventanales el pequeño jardín y la calle. La ventana no era muy grande, Klaus la había mandado agrandar cuando después de grandes luchas su hija había conseguido ganarse su porción de independencia mudándose al antiguo trastero de la planta de abajo. Esa era la razón de por que era un habitación tan desproporcionada y con esa curiosa forma alargada en forma de pasillo. Con sumo cuidado se deslizo hacia la altura del ventanal y con sumo cuidado lo deslizo lentamente hasta cerrarlo. Con un suave gesto tiro las cortinas de color crema, demasiado largas y aparatosas para las dimensiones e aquella pequeña ventana. Dakota se giro y contemplo a su hija. Ahora que había corrido las cortinas la luz había descendido, ya era mas difícil distinguir entre las formas.. pero ahí estaba su niña. Como siempre había sido, dulce y vulnerable. Estaba ahí delante suyo durmiendo placidamente. Dakota se encogió hasta ponerse a su altura. Suavemente se acerco a su cara y amorosamente, solo como las madres pueden hacerlo le dio un pequeño beso en la frente. Después de una forma enérgica aunque también cargada de ternura acomodo las sabanas al cuerpo de su hija. Estuvo un tiempo mas ahí, de pie en silencio en los pies de la cama, hasta que se fue. Detrás de ella cerro la puerta. Sin levantar los pies del suelo se fue alejando poco a poco de la habitación ahora si cerrada

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Simio

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