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La hora de los versos azules

por Simio
viernes, 22 de febrero del 2008 a las 23:08
guardado en
3 de agostoEl despertador de Klaus había sonado exactamente como cada mañana, a las seis en punto. Como cada sabado y domingo desde las ultimas dos decadas Klaus había escuhado la estridencia del pitido de la alarma del despertador. Primero un característico arqueo de la ceja izquierda, segundos después espiraba un leve soplido. Mas tarde se abria uno de sus pequeños ojos, normalmente el izquierdo. Con la obertura del segundo, otro arqueo de cejas. Encogiendo la mirada y centrándola en el artefacto, cercionandose de la leyenda debajo de los digitos de la pantalla: “Sunday” en este caso. Y si, en ese momento, quizas uno de los mas dulces para una persna como el, con una vida dedicada al trabajo, un trabajo duro y comprometido. Ese placer el placer y la satisfacción de someter a la maquina, de dominar ese tiempo. Paulatinamente, de forma sosegada saboreando cada centímetro hiba acercando la mano hasta el marcador, presionado y suspendiendo el zumbido, alzandose con la victoria doblegando al tiempo. Para después con un gesto casi felino acabar dándose la vuelta, cerrando los ojos. Seguir durmiendo, cinco dias de derrota para saborerar en dos ocasiones la victoria. Ese ritual no era compartido con igual gusto por el resto de los habitantes de la casa. Especialmente para Dakota resultaba especialmente molesto. Klaus por supuesto estaba por encima de los superfluos formalismos que motivaban la queja de su mujer. El lo sabia era su momento y se lo habia ganado, ni tan solo ella tenia la legimidad necesaria para arancarle esa victoria. Cuando Klaus se desperto, hacia las once y cuartoo se percato de el echo que su mujer no se encontraba a su lado. Tampoco estaba en su casa. Dakota había pasado la noche en casa de una vieja amiga una tal Rosaline Wilkins. Esta llego el día anterior hacia media mañana, el día anterior la había llamado por teléfono, el echo que fuera sábado y que esa llamada lo hubiera despertado molesto profundamente a Klaus. En la casa había tres teléfonos. Uno en la cocina, otro en el despacho y un tercero en la habitación del matrimonio Kronfuss. Fue precisamente ese el telefono que retumbo con la fuerza de mil demonios en el pasado sabado. Sono exactamente a las ocho cuarenta y tres. El estruendo del pequeño aprato obro el efecto habitual en su usuario mas frecuente que se desperto de un salto y raudo aqudio al aparato. Klaus se llevo una sorpresa semejante a la de su mujer al comprobar que la voz al otro lado del aparato no se dirigia a el. La voz al otro lado del hilo telefonico no le solicitaba a el sino a su mujer. Mujer que por cierto no se encontraba en la alcoba sino que perfectamente aseada y atabiada se allaba según la percepción de Klaus circulando en una aparante delirio sin sentido por la casa. A los ojos de Klaus, Dakota era poco menos que una salvaje, un elemento generador de caos en el riguroso orden germano que el vagamente intentaba mantener en su febril hogar. Ella simbolizaba para él todos los valores de los Estados Unidos tanto aquellos positivos como los negativos. Explosiva, ambiciosa, atrevida, pero al mismo tiempo arrogante en ocasiones impropia y soez. Estas eran las particularidades que llenaban al rudo germano, Aptitudes que lo conducian a adorar a aquella pequeña mujer de genio absolutamente indomable. El era una persona reflexiva, con facilidad podía resultar frió o distante. Intentava ser comedido en su relación con los demás. Era correcto en su trato perro extremadamente analítico. Nunca saludaba primero, siempre cedia la iniciativa en cualquier situación sobresalía por en su personalidad una gran capacidad para sobrellevar y retener la exteriorización. Era al fin y al cabo un hombre domesticado, civilizado forjado en una serie de valores no tan solo morales sino casi en la misma cota de importancia en valores esteticos. De Cuando Klaus huvo comprobado que su mujer encontraba en el despacho. Se cerciono desde su aparato que su esposa mantenia una conversación que ni a el le apetecia escuchar ni a ella que se la escuchara. Estaba despierto eso era un echo. Ante esa disyuntiva se le ofrecían dos posiblidades una era la de estirarse en la cama, cerrar los ojos y fingir que el lamentable incidente de la llamada no habia sucedido. Con lo que con un poco de suerte después de unos cinco minutos de tiempo real, es decir unas interminables horas en reloj fictició de su pasciencia se dormiria otra vez placidamente. La otra opción era levantarse, desperezar-se y asearse. Esto le permitiria empezar a realizar algúna de las triviales tareas del hogar que le habian encomendado y que el haciendo gala de sus mejores dotes diplomáticas habia aceptado, eso si con la sana intencon de obviar ante la menr oportunidad.Klaus, de todos formas sabia que a su juicio habia resullto de la mejor de las maneras la pequeña disyuntiva. De entre las dos opciones, era la segunda sin duda la mas rentble a largo lazo. De echo ya estaba despierto, por lo cual realizar alguna de las diferentes tarreas asignadas podia rendirle en el futuro un mayor redito, que unas pocas horas mas de sueño. De echo se habia despertado con una llamdada dirigida hacia su mujer, que por otro lado, era la mayor instigadora en lo que a asignarle quehaceres domesticos se trataba. El echo es que esa llamada demoniaca habia interupido su sueño y si bien es cierto que serviría para que efectuara de forma diligiente sus diferentes responsabilidades en el ambito del hogar. Tambien le dotaria de un poderoso elemento en una futura negociación, era una pequeña ventaja táctica y no hiba a cometer el riesgo de despreciarla.En la ducha, el agua empezo a acaer primero, fria casi helada, después poco a poco y de forma sosegada y sutil fue aumentando la temperatura, poco a poco. Dejando que su piel saboreara cada matiz de la temperatura, apreciara cada grado. Ese ritual duraba cada día una media hora aproximadamente. El resultado era siempre el mismo, vao y vapor una inmensa maraña de vapor que suspendia el baño en un estado letárgico del que emegira el fornido cuerpo germano de su dueño. Asi se veia el, delante del espejo contemplando su cuerpo, que habia sido abandonado hace ya algunos años tanto por la naturaleza como por el decurso inexurable del tiempo . Aunque levemente flacido seguia manteniendo un porte solemne, imponente., se podria afirmar que poderoso.Se hacerco al espejo y con la mano corrio la fina capa de agua codensada en la superficie, lo hizo desoyendo las palabras, o mas bien gritos de su mujer. Pero en ese momento eso era igual, era su momento y ninguna indicación de decoro en el baño le iba a impedir disfrutarlo. Delante de sus ojos se encontraba el super hombre de Nietzsche, para ser mas exactos lo que quedaba de el. Palpo con dirligencia el vientre, este le colgaba de una forma leve, intento erguirse, trato de retener aire, pero la protuberancia y la flacidez eran azarosamente difíciles de dismiluar. La desgracia no por conocida deja de ser desgracia. Se coloco entonces el cabello, incoròrandolo con sumo cuidado hacia atrás, meciéndolo entre los dedos. El pelo el ultimo bastión de su juventud el ancora que le afeaba a un pasado glorioso, eso siempre estaria ahí y vive dios que el paso delt tiempo ni la llegada de la senetud podria arrebatárselo.Después del aseo basico dientes, peine, afeitado con brocha y espuma, todo un ritual incoprensible aun para las mentes quizas poco sutiles quizas poco sensibles de su Norteamericana familia. Klaus se giro hacia la puerta y cogio el albornoz blanco, en la esplda se podia leer Sheraton Buenos Aires Hotel bordado en letras azules sobre un ribeteado dorado. Ese era uno de los pequños deslices como lo llamaba, se permitia. Robar los albornoces de los hoteles. No los guardaba o coleccionaba, simplemente los sutituiba después de cada viaje, era como una postal que puedes ponerte cada mañana, una postal que te seca la espalda.Se vistio en la habitación, ropa ligera de deporte, no hacia mucho calor pero se coloco unos viejos pantalones cortos. Eran negros con unas franjas amarillas en los costados, en el centro de la pantorilla derecha se encontraba un símbolo del Die Mannschaft (el equipo) Era el escudo de la gloriosa selección alemana. Detro de un escudo un ave de color negro sobre un fondo blanco y las palabras “Deutscher Fussball Bund”. En un pais de barbaros comedores de hamburguesas y adoradores de juegos de bates y pelotas ese pantalón no era mas que un detalle “kich” de el vecino centro eropeo. Para Klaus esos pantalones obviamente eran mucho, mas. En mil novecientos noventa y cuatro el pais de Michel Jordan acogio uno de los mayores acotecimientos de la historia de la humanidad. El mudial de futbol. Alemanea como equipo campeon de ultima edición abria el torneo. El partido inagural fue en Detroit. En el Pontiac Silvendrome, al duelo entre Alemania y Suiza que era la partener en este duelo acudierón sesentamil cuatrocientos veinti nueve especatodres. Entre ellos por supuesto Klaus. Vio todo el partido desde uno de los comodos palcos de la empresa, fue un partido horrible por cierto, al final empate a un gol. Pero para Klaus lo mejor vino al final, Cuando junto al señor Netzer el que por aquel entonces fuera su superiorBajaron al vesturio. Aun hoy lo recuerda emocionado En el vestuaro el mismo Jürgen Klinsmannles obsequio con la equipación del partido.

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Simio

Simio escribió esta anotación hace 9 meses. En ella habla sobre Relatos.

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a mi padre (namis)
lo harás bien...(26 nov)
La hora de los versos azules (Anónimo)
k estupido...(03 nov)
a mi padre (ANGELES)
Se lo duro que es vivir sin padre, pues el mio se murió cuando yo tenía 5 añ...(25 oct)
a mi padre (SURVIVOR)
Yo hace años que no se del mio, sentido abrazo....(25 oct)
Logica (ANGELES)
lo he comprobado salgo en tu blog,espero tus visitas y muchas gracias....(23 oct)

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