Callo en la lona no de forma brusca sino, suavemente. Se
desplomo el tronco y arrastro a la cabeza, levantó de forma leve los pies,
lentamente descendido. Sucumbió. Su cabeza golpeo la blanca lona y esta se
contrajo devolviendolé el impacto.
A mi alrededor todo era silencio, interrumpido eso si por
algunos susurros. Atónitos, sorprendidos nos miramos los unos a los otros. En
lo alto del cuadrilátero el silencio, la expectación. El arbitro observaba
expectante. Mientras el contrincante se acercaba a su esquina con la mirada
fija al frente, perdida en algún pensamiento. De su prominente nariz empezaba a
emanar una pequeña hilera de sangre, resbalando hasta llegar a la boca.
El arbitro levanto los brazos, los susurros se convirtieron
en lamentos. El joven contrincante sonreía, incrédulo miraba a sus asistentes
que como muestra de un venerado respeto contenían a duras penas la euforia.
Aplausos furtivos desde puntos recónditos del recinto,
aplausos que se fundían con exclamaciones, insultos, vitorees, sollozos y
alguna lagrima. Al final un estallido.
En el cuadrilátero sus ayudantes ayudaban a levantar al
púgil. Al campeón vencido, que escrutaba de reojo la felicidad y el jubilo que
emanaba de la celebración. Los ojos rojos, lagrimas latentes entornaban unas
pupilas oscuras.
La gente empezó a levantarse en un silenció poco habitual.
El bullicio había dejado paso a la tristeza, la pena.
El mayor campeón de todos los tiempos rezaban los carteles
que repartidos por el recinto adornaban las paredes. El campeón imbatido. Hasta
hoy pensé. Cuando bajaba junto Pet hacia la zona habilitada para los vestuarios
no podía reprimir el sentimiento de repulsa. Una sensación de hastió y de culpa
que recorría mi cuerpo. Las imágenes de los carteles lo inundaban todo. El
retorno del campeón, el retorno del rey.
Llegamos delante de la puerta del púgil justo a tiempo para
ver al rey llegar, cabizbajo, apenas capaz de contener las lagrimas, pero que
en un ultimo gesto de grandeza, casta levanto la cabeza para mirar atrás: Emano
un grito, un llanto o un lamento. Semejante a un animal herido empezó a encajar
la derrota. Era el rey pero una vez derrocado, sus heridas resultaban mas que
evidentes. Las arrugas de su piel eran ya incuestionables. Semi desnudo delante
del encuadre de la cámara teníamos a un hombre de casi cincuenta años al que
alguien había encumbrado. Le cosían la cara y el miraba fijo hacia el frente a
un punto perdido. Yo seguía grabando Pet, no sabia que decir perplejos,
nuestras miradas se encontraron por un segundo. Apague la cámara. El rey había
muerto delante nuestro teníamos a un simple hombre.
Semanas después fuimos capaces de empezar a ver el material
de esa noche. Habían unas tres o cuatro horas de material. Los preparativos del
combate, algunos testimonios del publico, los fans. La excitación era palpable.
Es en ese momento cuando nos dimos cuenta que éramos responsables del grotesco
espectáculo que habíamos creado. Habíamos empujado a un hombre a competir
contra su leyenda, habíamos auspiciado una masacre porque en el fondo nos daba
igual que pasara mientras venciera: porque el rey no puede perder, pero que pasa cuando pierde, psa que tan
solo queda el hombre y nada mas.